No hay medicación para soportar la existencia | Cesc Fortuny i Fabré |España


 


La poeta Mariela Cordero, nuestra colaboradora, esta semana nos presenta tres poemas de Cesc Fortuny i Fabré (España). Escritor y músico. Autor de los poemarios La misteriosa canción de la sangre (Paralelo Sur, 2010), El silenci plou sobre les pedres (Ed. Alva Eno, 2013), La dolorosa partitura del miedo (Alkaid Ediciones, 2014), y Métodos para ahogar con la nariz (La Náusea Ed., 2019). También es coautor del poemario Comiendo pelos como herejía poética junto a Marian Raméntol (Ed. Atenas, 2008). Ha participado en diversas antologías y es autor de la novela de terror experimental El quirófano en el bosque (La Náusea Ed., 2020) y de la antología de cuentos de terror experimental Las flores del búnker (La Náusea Ed., 2020). Ha sido traducido al inglés, italiano, rumano y armenio. Publica habitualmente poesía, narrativa y ensayo en la revista La Náusea, y ha colaborado en revistas como BaBab, Kokoro, Alkaid, Paper de vidre, Periscopio, Devenir 111, Noche laberinto, o El Humo entre otras.


Algo muy profundo recorre mis catacumbas

 

 

Aborrezco el mundo, lo aborrezco todo.

 

Voy a consagrarme un tiempo a mi mismo

usurpando unas cuchillas de afeitar

para sublevar las costras del hielo, y luego

interceptaré a la criatura que apuñala

a la madre al lamer las llagas del sol.

Siempre pienso que hay alguien ahí fuera

más tarde cierro los ojos aunque sólo sean fantasmas,

y algo muy profundo recorre mis catacumbas

justo cuando llorar me aleja de los líquidos.

 

Dejadme leer la madera y pintar hombres de rojo

aunque los acrílicos de Dios sean todavía

en blanco y negro, y llevadme al barrizal

donde la vida amarilla permite que alucinemos

como el pezón de la roca, así los árboles

se ahoguen en la nieve, como un bosque de carne.

 

Los niños son el horror que encierra el diminuto

vaho, y recorren los espectros que abusan de ellos

como monos con navaja.

Nunca encuentran en el lodo ninguna explicación

que les rehabilite igual que la experiencia,

por eso mi perro es el padre de los hombres,

y los nacidos lo encuentran siempre acunado

en la niebla.

 

La paz es un objeto inútil.

El negro semen de la codicia

 

 

Soy un autómata del alcohol.

 

Llora pelo púbico sobre las hojas de plata

cuando el cactus acecha y los niños sin dientes

escapan de los cofres para comer el oro crudo.

Las vírgenes no tienen clavos con que atar a las aves

mientras los dioses forjan nuestro destino con mares de nada,

sudando polvo como lentos mamíferos.

Los mármoles se enferman encerrados en su epidemia,

y eyaculan hongos sobre la madre que flota,

masticando cristales entre las burbujas.

Si los labios de mi hermano menor tejen la sombra,

las voces del mundo suenan mudas y los muertos huelen a flujo.

 

Qué bonito es el hogar de las vísceras

encerradas en la vagina del monstruo,

habitadas por un  príncipe que acecha con la cabeza rota

y que custodia el tesoro de los hijos que caen en la miseria.

Si el arbusto dobla hacia la casa, será nuestro padre

sino, al caer en el útero, veremos raíces y troncos,

y comprenderemos el léxico de la humedad,

la ortografía del musgo, encontrando el pan

encerrado en la basura,

y cayéndonos los ojos como al ciervo quieto.

 

Cuando los psiquiatras pacen en los campos

y el negro semen de la codicia me emborracha

como a los árboles,

se alzan los muros y las cruces que conducen al olor del fuego,

de la llama ardida tantas veces,

como un montón de tallos clausurados por el aire

que son cobijo blasfemo, y como la madre que se peina

bajo las aguas, en la pureza de la gangrena.

 

No hay medicación para soportar la existencia.


A los cadáveres les incomoda

que hagamos prácticas de tiro con sus pedazos

 

No hay nada mío en su armamento,

ni en la masa apenas descompuesta de un niño soldado.

Algunos hombres lubrican la orilla con sangre,

codician insomnes que Dios jadea en su razón,

y remolcan su ruindad con miles de dólares.

Y la enfermedad.

Y un ADN corrupto y desencajado.

 

Dioses vuestros que estáis en los tanques,

santificadas vuestras masacres.

 


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